Y luego preguntan
El polvo se acumula en las estanterías. Es uno más del decorado, y le añade el toque preciso de tristeza, de nostalgia. Marca inequívoca del paso del tiempo, del abandono, de la soledad a la que han estado sometidos los libros, que suspiran, nostálgicos, en sus cárceles de pulida madera. Relegados al cuasi-olvido, han pasado a languidecer en sus estantes, ávidos de manos nuevas que los cojan, que los descubran; de gentes nuevas que abran sus páginas y disfruten con la lectura de sus letras, de sus intrigas y conspiraciones largamente elaboradas, de sus tramas que dan mil giros por ciudades inexploradas de callejeros incompletos y sin sentido que marean, aburren y hasta enloquecen al lector, y que fueron a la par delicia y tortura sadomasoquista del incomprendido –cómo no– autor que les dio vida. Volúmenes expectantes de atrapar entre sus sórdidos tejemanejes a los inocentes que se asomen a sus dimensiones por tanto tiempo negadas; cuyos enredos sutiles y p...