jueves, 10 de noviembre de 2011

El duelo (Segunda Parte)


And this is... THE END:


El motor de la furgoneta fue bajando de revoluciones poco a poco cuando fue frenando progresivamente, disminuyendo la velocidad, mientras se aproximaba casi a la salida de la zona industrial del polígono, una zona en su totalidad casi abandonada y de poca utilidad. Había una especie de altercado y tumulto de gente que iba de un lado para otro, destrozando violentamente el poco mobiliario urbano y las estructuras de los nichos industriales que aún quedaban en pie. De algún lugar a la derecha, en una calle paralela, se elevaba un humo negro. También estaban quemando contenedores de basura.

Alguien pareció reconocerle entre la multitud que había a mitad de la calzada, ya que se separó del grupo y se fue acercando al vehículo a medida que éste iba reduciendo su movimiento. Un muchacho joven, de unos veintipocos años, con una gorra roja hacia atrás en la cabeza y vestido con unas prendas oscuras, de sonrisa algo risueña y ojos negros chispeantes de agudeza se aproximó a la ventanilla del conductor, que éste bajó.

–Como ves, estamos aquí. Me he traído a algunos más de los previstos, pero todo está saliendo bien –informó, con tono inquisitorio, inspeccionando medio disimuladamente el interior del furgón.

–Bien, muy bien –contestó el conductor, en actitud visiblemente ahora algo más relajada–. Recuerda, quiero el menor número posible de amenazas potenciales. Nadie debe saber lo que realmente sucedió aquí esta noche.

El muchacho lo miró ahora directamente a los ojos, sin retroceder siquiera un milímetro ni alterarse por tono autoritario de la demanda del hombre de mortales ojos marrones que tenía delante. Al fin y al cabo, sabía con quién estaba tratando y la autoridad que él exigía, puesto que era una de las personas que conocían de primera mano su forma de hacer las cosas. No por nada era una de las personas de su círculo más cercano.

–Por supuesto –declaró sin variar casi la expresión de su cara–. De hecho, ninguno de los que están esta noche aquí sabe más de la cuenta. Para ellos, hemos venido a montar un poco de juerga y de descontrol por aquí. Que, casualmente, derivó en la quema de algunos contenedores, naves... Ya sabes.

Hizo un gesto con su mano derecha en el aire, como restándole importancia al asunto. Sin embargo, en ningún momento quitó la expresión indagadora de su rostro, no dejó de observar la cara de su interlocutor, como si quiera desmontarla pieza por pieza para resolver el puzzle que escondía detrás.

–Me alegro de que sea así. Entonces, si está todo, me voy.

–¿Debo considerar entonces que salió todo como habías previsto?

El hombre, de unos treinta y cinco años, curtido en más misiones y operaciones delicadas de las que podía siquiera recordar, lo miró de forma fija, sin contestar. El joven le mantuvo la mirada durante unos segundos, y, finalmente, sin que mediaran más palabras de por medio, asintió levemente, a modo de reconocimiento, y se dio media vuelta, hacia los altercados que ya se iban extendiendo por otras zonas de aquel lugar. Tendría que echarles un ojo de cerca a los incendios, no fuera a ser que se presentaran los bomberos allí porque se les había ido la mano con los fuegecillos.


* * * * * * * 


Metió la llave en la cerradura de la puerta de la calle, algo maltratada por las inclemencias de los años y del uso a veces no muy adecuado, que la habían ido dejando cada vez más desgastada, y que chirriaba últimamente al abrirse, como si ya estuviera pidiendo gritos un reemplazo. O al menos eso fue lo que pensó el hombre medio derrotado que la abrió, como si todo el peso del mundo cayera de nuevo sobre sus hombros cansados. Yo también desearía un reemplazo, reflexionó, abatido.

Subió por las escaleras del edificio, que olía algo a polvo, a humedad y que gritaba a gritos un abandono sistemático a través de los años. Un edificio que gritaba con todas sus fuerzas para no perder la poca dignidad que le restaba. Como yo mismo, pensó el hombre que subía por las escaleras. Igual que yo mismo.

Terminó de subir los escalones algo empinados, deslizándose por las sombras con suavidad, con cuidado, con una estudiada eficacia que era un perfecto reflejo de cómo había manejado la mayor parte de su vida. Entrenado para ser el mejor en su especialidad, rápido como el pensamiento, duro como el acero, pero el hombre que había subido por las escaleras de aquel edificio algo destartalado ya no era le mismo que había sido hacía sólo meses antes, antes de todo el infierno por el que había pasado.

Antes del infierno, del fallecimiento trágico de su única hija, antes de que se la arrebataran de su lado con la crueldad y la violencia de un asesinato por encargo cuyo único y principal objetivo era el silencio. Su silencio. Un silencio que debía pagarse con sangre y con dolor, porque no había sido lo suficientemente listo como para evitar verse envuelto en un asunto muy turbio, uno que implicaba a las más altas esferas del poder. Y ese mismo poder que le había pagado gustoso y con creces todos sus encargos anteriores, ahora le había arrebatado aquello que más quería en este mundo.

Y él era perfectamente culpable de su falta de previsión, de su incapacidad para reaccionar a tiempo, por no haber tejido una inmunidad y unas influencias lo suficientemente fuertes para que la mierda no lo golpeara cuando algún jefazo de los del más alto escalafón decidió que aquel asesino a sueldo que habían utilizado tantas veces antes para sus trabajitos había hecho ya demasiados encargos delicados, que había tenido acceso a demasiada información valiosa y de grandes repercusiones como para que fuera beneficioso que siguiera vivo.

Por un chivatazo a tiempo, había logrado salvarse. Pero no así su hija, que, cuando se había puesto de manifiesto que las maniobras para silenciarle a él no habían un tenido éxito inmediato y contundente, había pasado inmediatamente al ser el objetivo al que apuntaba la mirilla de todos los asesinos de la provincia, y probablemente, también de todo el Estado. Sí, cuando más necesarias habían sido sus habilidades había sido cuando más ineficaz se había mostrado, se lamentó furiosamente.

Entró en la que se había convertido en su casa desde todo aquel infierno. Cerró la puerta tras de sí, apoyándose en ella como si fuera su último salvavidas en medio del océano. Y luego, se acercó a su cama, que, con una manta azul bastante raída sobre la colcha de color blanco, ocupaba el espacio derecho de la primera habitación del piso, con su cabecero de madera robusta y de color claro pegado a la pared. Dejó sobre ella un bulto muy alargado y estrecho que iba envuelto en unos trapos desgastados, descoloridos por los años y el uso.

Un bulto que no era ni más ni menos que una espada envainada, llena de sangre, con la que había puesto fin al hombre que había asesinado a su hija.

Fue lentamente hasta la ventana de enfrente y contempló desde donde se encontraba la calle que se extendía dos pisos más abajo.

Era el primer día satisfactorio de su venganza.


(Enlace a la primera parte)

2 comentarios :

  1. *-* Dejas las historias a la mitad!! T.T'
    Jo qué triste :( Pobre su hija T.T
    Bien planeada la venganza, pero poco productiva por lo visto :S Cuando alguien destruye tu vida no hay forma de arreglarlo ni de aliviar el dolor *-*
    Aún así.. me gusta tu forma de escribir :3 te mete en el papel de los personajes totalmente :D
    Sigo viajando por aquí ;)

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    1. Jejeje.

      XD

      Lo siento. Sé que jode, pero... ¡es que salen así! Que yo no lo puedo evitarrrr. Y no sé por qué, pero siempre la gente me acusa de que dejo toodas las historias a medio. Vale, con las novelas está claro que sí. ¡Peeero, con los relatos pongo punto y final! Es sólo que... bueno. Llegan hasta donde llegan, XD

      Gracias por seguir comentando, Arya. Me animas a seguir escribiendo, ;) (Y torturándoos a todos. *Risa malvada*)

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