miércoles, 9 de noviembre de 2011

El duelo (Primera Parte)


Bueno, aquí os dejo el principio de mi relato corto titulado "El duelo". Y digo "principio" no porque no esté acabado (menos mal), sino porque, como me ha parecido  demasiado largo para ponerlo todo de golpe, lo pongo en dos partes. Las entradas entradas programadas, así que, mañana sin falta, el desenlace de la historia. ¿O era el principio de otra? :D


El duelo



Fuego. Ira. Dolor. Un instante que se convierte en una eternidad... Y, entonces, –todo– estalla. Un grito desgarrado de dolor, lleno de venganza. El mortal filo de una espada cayendo, descendiendo como si fuera el ángel verdugo que ha venido a imponer su propia justicia en la tierra. El sonido metálico de las espadas danzando en un baile de una belleza mortal y efímera, rápida como el pensamiento, letal. Un paso, dos hacia delante, un giro de muñeca, un mandoble vigoroso y fuerte; un contraataque veloz, y una herida que se abre, sangre.

Sangre oscura, dolor lacerante, y sentimientos descontrolados a flor de piel. Odio, asco, sed de revancha en el aire; ganas, ansias, de infligir sufrimiento. Regocijo amargo. Y el poder que fluye por las venas con el aleteo rápido de las pulsaciones cardiacas, de los corazones desbocados en una carrera sin freno. La percepción de poderío, de forzar el cuerpo al máximo, de la adrenalina corriendo por las venas, de sentirte vivo, más vivo que nunca. La escapatoria de poder descargar toda la rabia que consume la mente y el cuerpo en golpes poderosos, peligrosos. La impresión de ser, por un momento, un ser grandioso, invencible, intocable; de poder conseguir cualquier cosa imaginable.

Y, entonces, en ese momento de potencia sin restricción, sin barreras, se produce el cambio. Por fin, el tan esperado error garrafal. El que decide un combate igualado, el que delimita la frontera entre el victorioso, aquel que sale vencedor, y el vencido; entre el que vive y el que perece. Ése que muchas veces es sólo cuestión de simple suerte. Ése que parece nimio, poco importante, pero que marca definitivamente la diferencia. Una mala decisión en un momento poco propicio, tal vez un tropiezo o un traspiés infortunado, una súbita vacilación momentánea, y estás fuera de juego.

El cuerpo del guerrero caído en combate se desplomó como si fuera de pronto una marioneta a la que le habían cortado las cuerdas. La fuerza del golpe lo dejó tendido, desmadejado, sin vida, en el pavimento oscuro, húmedo y sucio, de la estrecha y sombría callejuela en la que había tenido lugar el encarnizado duelo sin cuartel.

–¡Hijo de puta! –exclamó lleno de cólera el vencedor. El tono impersonal y frío que habría querido utilizar se vio, sin embargo, teñido de una animadversión tan profunda y una repulsión tan completa que a duras penas se podían calificar de imparciales los piropos que salían de su boca. Ni por el tono, ni, por supuesto, por la forma–. Púdrete en el infierno de donde saliste, maldito cabrón.

Mientras decía estas crudas palabras intentaba controlar la desesperación que lo embargaba y la impotencia, la sensación de que aún habiéndose vengado, el vacío que corroía su alma seguía ahí, intacto, donde siempre. Un dolor en el corazón y en el alma. Decían que la venganza era un plato que se servía frío, pero él pensaba que, en realidad, lo que nadie decía era que la venganza en sí misma no cambiaba nada. No te hacía sentirte más capaz de controlar la furia, con menos dolor, no te quitaba el sufrimiento ni te hacía dormir por las noches, cuando no podías conciliar el sueño porque te martirizabas por no haber sido lo suficientemente atento para darte cuenta de que lo que estaba ocurriendo a tu alrededor con las personas a las que amabas. O de haber sido lo suficientemente rápido para poder reaccionar a tiempo y haber cambiado la situación.

No, eso la venganza no te lo daba. Si acaso, te daba la tranquilidad de saber que el capullo responsable de la muerte de tu familia y de tus seres queridos ya no volvería a caminar por este tenebroso mundo. Te daba la seguridad de que habías visto su muerte con tus propios ojos, que, incluso, tu habías sido el causante de ella, y que, por tanto, podías de algún modo decir que se había equilibrado la balanza. Pero eso era una idiotez, una ingenuidad, como una catedral.

¿Quién podría decir que eso te compensaba? ¿Lo hacía, realmente? ¿De algún modo especial y retorcido? No en realidad. A fin de cuentas, tú seguías habiendo perdido a personas que valorabas, que estimabas. Que pudieras decir: “al menos he hecho todo lo que he podido. Me he vengado”, no era la solución a tu problema interior. Eso no te quitaba la rabia, no te quitaba las ganas de autocastigarte por tu ceguera, por tu falta de intuición, de no haberte dado cuenta de que había cosas que sucedían a tu alrededor en las que no reparabas, que estaban ahí todo el tiempo pero que en las que tú no fuiste capaz de reparar ni una sola vez. No te impedía seguir autoflagelándote porque no te paraste a reflexionar por un instante, y a ver, y no sólo a mirar, simplemente. No, todo eso no te lo daba la venganza. Ni siquiera se acercaba.

La sensación de haber cumplido con el objetivo que te habías impuesto, aunque ése objetivo fuera quizá erróneo, fruto de la desesperación surgida del dolor profundo; la satisfacción de haber cobrado esa deuda que creías haber contraído por alguna estúpida razón, esa misma deuda que te corroía el alma y nublaba la razón, no eran suficientes. No lo eran. Ni ahora, ni nunca.

Con esos pensamientos agónicos se propuso a limpiar la zona de cualquier rastro en la zona que pudiera incriminarle en el asesinato que había cometido. Tapó primero el cuerpo magullado, golpeado, cortado y, ahora, sin cabeza, con unos cartones y algunas sábanas viejas que había detrás de unas bolsas de basura, cercanas al contenedor de la esquina de aquel callejón o recoveco de mala muerte, y se fue a por la garrafa de gasolina que guardaba en su furgoneta, aparcada a no más de dos manzanas del lugar del suceso.

Se alegró sobremanera de haber reconocido con anterioridad toda aquella zona poligonal llena de naves viejas y abandonadas, y de haberse asegurado de que las pocas cámaras de seguridad que había en algunas de las fachadas de los recintos estaban inservibles y no funcionaban. Y, también, de haber hecho algunos movimientos... vitales, para asegurarse de que, si finalmente tenía suerte en el acecho a su objetivo y conseguía atraerlo hacia donde quería y acorralarlo, nadie encontraría el cadáver demasiado pronto y empezaría a investigar. O, al menos, no hasta dentro del suficiente tiempo para que llevara a cabo lo que tenía que hacer.

Cuando regresó con la gasolina, introdujo el cuerpo en el contenedor, los cubrió a los dos con gasolina, introdujo parte de la basura en el interior, y sus prendas manchadas de sangre que previamente se había cambiado en la furgoneta, y le prendió fuego a todo.


To be continued... Tomorrow, :)


(Enlace a la segunda parte)

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